Y tal vez él descreyó, con justa razón, todas mis confesiones.
Se que nunca iba a poder entender por qué había hecho todo lo que hice.
Tal vez había sido el miedo de no poder hacer nada, o la inercia de una situación que iba, fluía más allá de mis manos, que se escurría como agua y que ya no podía volver atrás.
A veces uno no comprende o no tiene conciencia de cuan lejos se puede llegar, hasta que llega el momento de averiguarlo.
Entonces esa arma se disparó y sentí correr sobre mí la cuenta regresiva del final, la que anuncia que ya nada sería igual y las consecuencias me empezaron a pesar.
Ya nunca más volví a dormir, ni esa noche ni las siguientes porque esa noche ya no fue noche, y el día ya no era día. Mi mundo ya no era mío. A pesar que ya no cargaba yo sola con esa confesión, esa piedra se había multiplicado por mil y poco a poco empezaba a quebrar la cordura de mi ser.
En sueños convertidos en pesadillas venía el recuerdo.
Fue así que decidí ya nunca más cerrar mis ojos.
Luego, una mañana fria de esas que hielan los huesos, él apareció frente a mi locura y también me confesó que había disparado de esa misma arma contra mí. Y volví de la angustia y del dolor, volví del rencor.
Esa mañana se creó el sol para mí, esa mañana se inventaron los colores, la música y la lluvia.
Y pude cerrar mis ojos para poder mirar mejor.
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